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Percepción del riesgo

junio 8, 2010

Tuve mi primer encuentro con la percepción del riesgo como “categoría analítica” en Comala, México, mirando al Volcán de Fuego desde la ventana del auditorio del Centro Cultural Nogales, donde se efectuaba un Seminario internacional. Me sentí bien aquel día porque pude por fin ponerle nombre a mi pánico cubano por los volcanes y los terremotos, considerando que, para nosotros, el riesgo siempre es informado, y uno alcanza a guarecerse por las advertencias casi siempre lúcidas de nuestro experto en ciclones tropicales, José Rubiera. Mi ignorancia de la vida telúrica es comprensible, cuando, hasta hace unos días, jamás había temblado en mi región occidental. Como les dije, hasta hoy, mi historia con los volcanes y los temblores es por suerte insignificante, pero de todas formas me gustaría relatar y compartir mis modos de percibir el riesgo en estos sitios que tengo la fortuna de visitar en ocasiones. Te lo cuento aquí, en mis tacitas de café calenticas, bien amargas , al calorcito ahora de un Concha y Toro.

Escena 1: El Amago

Entonces estaba en Colima, como dije. En esta tierra, según el Servicio Geológico Mexicano, han ocurrido 4 de los 14 sismos más fuertes del país. A lo cual se suma la presencia humeante del Volcán con vida. La primera historia que les cuento fue ese día, en Comala, después de quedarme rumiando aquello aprendido sobre la percepción de riesgo. Aprendí que en medio milenio, el volcán dicen que ha hecho 40 explosiones, y yo, que a veces tiento mi buena suerte, pensaba que me tocaría una, con terremoto incluido.

In situ, resulta que andaba yo ya de noche en mi hostal, cuando siento un repiqueteo de campanas de la iglesia –señal obvia de alarma de algún tipo-, y sentí como tiros –en mi sistema referencial de emergencia: explosiones del volcán. Cerré y tomé mi laptop –el conocimiento es lo primero que hay que salvar- y como ya estaba en calzoncillos para dormir, salí así con mi Toshiba al patio donde había algún que otro huésped tranquilo, como si nada, mirándome medio raro. Papelazo el mío cuando descubrí que aquello que sonaba eran fuegos artificiales a raíz de las fiestas de la Virgen de Guadalupe que comenzaban en Comala justo ese día. Esta es mi primera historia con final feliz sobre la percepción del riesgo.

Escena 2: El Bautizo.

De la segunda ni me enteré hasta después. Fue hace poco, en San José, Costa Rica. Andaba yo celebrando mis 31 en plena fiesta cuando de pronto, llega una amiga y al abrazarla sentí algo inaudito para mí, y con esto la sensación de que me estaba moviendo como si rompiera la inercia de un frenazo brusco, muy brusco, muy muy brusco mirando el techo de la casa de enfrente levantarse. Todo en segundos. Y todo volvía a su sitio sin búcaros caídos. Solo barrullo, gente saliendo a la calle, como esperando algo más. Esa es mi vivencia. Ese es el recuerdo que tengo de “mi primera vez”. Esta vez fue un sismo de 4.4 grados que es insignificante comparado con el de Haití, o Chile, u otros en Costa Rica o México. Para mí fue como perder una de las tantas virginidades de la vida, con menos placer. El riesgo fue mínimo y la necesidad de reaccionar fue nula, por suerte. Los amigos, al ver que me quedé abrazado a la pobre mujer que llegó con el temblor, bromeaban como diciendo que así eran los orgasmos de las ticas. Asentí, poniendo cara de consentimiento y la boca en forma de duda, pero con sospecha. Bromas aparte, tuve en ese momento, no la percepción, sino la certeza de que con los terremotos no hay quien pueda. Supe ese día que cualquier cosa que me imaginara –la susodicha percepción del riesgo- sería inferior a cómo se presentan estos eventos de la Pachamama. Desde ese día la respeto más sobre todo cuando recalo en algunos de los países donde suele temblar. Eso sí, vivo sin la angustia de antes, cuando al dormir, siempre tenía a mano el pasaporte, dinero, y la Toshiba, por supuesto, para salir corriendo. No obstante, salvo excepciones, suelo dormir vestido.

Mis miedos han ido relajándose y unos días después del sismo aquel de esta experiencia perceptiva, en Costa Rica, fui al Volcán Poás y más tarde, en Nicaragua, visité el Volcán Masaya, ambos bien preparaditos para que turistas de tramos hechos podamos llegar al cráter y vivir la experiencia centroamericana de ese safari de criaturas telúricas.

Escena 3: el riesgo

He vuelto a Colima, y mi habitación mira al Volcán, y no puedo menos que plantear un plan de evacuación. Inconfeso hasta ahora, comento que he estudiado la ruta de escape desde mi habitación. Como al descuido, sin tensiones, digo. La primera conclusión es que el camino hasta la puerta está lleno de obstáculos –mesitas, recovecos-; que al abrirla me encuentro una escalera enfrente –que no necesito porque estoy en planta baja, y que tendría que girar a la izquierda y bajar por una rampa lateral que tiene piedrecitas empotradas en el borde que serán un obstáculo seguro en la carrera. Para coronar esta salida “de emergencia”, me percato de unos cuantos jarrones de excelente artesanía mexicana, de más de dos metros, que imagino cayendo al menor sacudión, en caso de que logre zigzaguear toda esta ruta con obstáculos hasta llegar hasta ellos, la antesala de la calle. Riesgo seguro, pero riesgo humano que confiado en que la Tierra respira sosegada, no concibe que la tos siempre llega sin aviso, a la hora menos apropiada. Mientras tanto, dejo a la fortuna mi sobrevida, y me voy a dormir ahora dejándome rondar por ideas del tipo: “eso no me pasará a mí, al menos esta vez”. Y sonrío, como sabiendo que es posible que me mienta otra vez, como en los boleros y en la vida misma.

En Colima, a 8 de junio de 2010.

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From → Locus

2 comentarios
  1. La anécdota de un cubano en calzoncillos con una laptop en la mano en medio de las fiestas es antológica.
    Sentí miedo cuando dieron la noticia del temblor en Guanajay. Imaginé San Agustín, a salvo de la sequía y de los ciclones (al menos mi apartamento con ventanas de aluminio), devastado por un terremoto. Comprendí el sentido de la palabra horror. Nada que ver con las películas del sábado.

  2. pues mi “virginidad sismística” la perdí como a los 7 años en Amancio, Las Tunas – en nuestra propia patria – mientras comía en un restaurante con mis padres. Solo recuerdo que todo comenzó a tambalearse y corrí con mi papá a la ventana y había unas palmitas sacudiéndose frenéticamente. Todo ocurrió en menos de un minuto y nos quedó la sensación de sacudida que a veces experimenta uno con otras cosas muy lejanas a los sismos, esta vez literal y completamente física.

    Fue genial la experiencia, déjame decirte 🙂

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