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El “efecto mariposa” y la “estática milagrosa”

diciembre 26, 2009

Mariposa tranquilita, sin saber lo que vendría

Me dijo una persona, una vez frente al mar, que mi paso por su vida –como si pudiera presentir una separación que casi fue inminente- era como el vuelo de una mariposa. Confieso que en aquel momento no entendí y le pedí que siguiera para llevarme una idea de por dónde andaba. Me enteré entonces de que el vuelo de una mariposa produce una entropía capaz de desatar una tormenta a miles de kilómetros de distancia como parte de una cadena de sucesos difícilmente controlables o imaginables tanto para la mariposa, por supuesto, como para cualquiera que las ve tan lindas libando y volando como si nada. Me impresioné que alguien pudiera percibirme desde ahí, no ya por la alusión al efecto devastador del vuelo, sino por el alcance de las influencias personales en la vida de esa persona. Me sentí feliz, lo confieso, pero también preocupado.
¿Y la mariposa?, pregunté. Me dijo que se había ido, que lo que desataba la tormenta era el efecto del vuelo de la mariposa ya sin la mariposa. Me quedé rumiando esa imagen, convencido de cuánto lo ayudan a uno a pensar su ecosistema emocional, las teorías y los modelos de la ciencia dura. Pero la verdad es que lo pensé rápido y ya porque a mí, lo reconozco, las ciencias duras me agotan. Pero si la curiosidad mató al gato, no sé lo que me pueda hacer a mí. Después supe que Edward Lorenz describió va a hacer medio siglo el llamado “efecto mariposa”, de fácil referencia en Internet para los fanáticos de la llamada matemática caótica, para los nostálgicos de la física recreativa, y para los ignorantes como yo. Según intento entender – y lo hago como cuando uno no sabe hablar inglés y traduce algo palabra por palabras de un diccionario–, el efecto mariposa ayuda a pensar un sistema caótico –como el clima- a partir de que, dadas ciertas condiciones iniciales del sistema, cualquier cambio en cualquiera de ellas y un proceso de amplificación de esos “errores”, puede derivar en formas que van más allá del horizonte de predicciones posibles.
Esto que he aprendido hoy, me hubiera sido útil para explicárselo en su lenguaje a cierta amiga que, reduciendo las realidades que la cohabitaban para mantener su “estática milagrosa”, nunca se enteró de que había llegado un final de su propia relación y se enfrentaba a un “doblez” en el horizonte de su vista larga. Y es que las relaciones humanas aunque tienden a la “estática milagrosa”, no son modelos ideales de estabilidad y si una mariposa en el Atlántico pudiera generar una tormenta tropical en el Caribe, ¿cuánto no pueden afectar las más pequeñas cosas de “la vida”, la estática inventada, y el milagro de sostenerla? Vivir la estática milagrosa como el único horizonte de realidad nos puede llevar a las falsas ilusiones que como dice el canto popular, matan de desengaño.
Quizás sea lo mejor partir del caos como “estado natural” de la existencia humana, dentro de la cual uno consigue, con mucho esfuerzo a veces, otras por pura fortuna, que la vida caiga en esa “estática milagrosa” que uno etiqueta según el interlocutor y la necesidad de la voz propia como: matrimonio, empleo, felicidad, casa, éxito, familia, dinero, etc. Estos son atractores muy atractivos para quienes pretenden una estabilidad, un mínimo de seguridad personal y andan con el salvavidas siempre a punto de inflar para los casos de catástrofes afectivas. Todos necesitamos esa estática milagrosa, todos necesitamos ese punto fijo donde la palabra equilibro adquiere un sentido y la vida se empieza a conjugar en tiempos de futuro. Es cierto que la estática es un estado no una posición, que si bien puede no “estar” fija de movimiento sí puede ser rígida en su complexión. A uno le hace falta la estática aunque venga de un milagro. Pero le hace falta la estática, como un estado ideal, temporal, para definir la escala y fijar la vista. Y ciertamente viene del milagro cuando uno se pasa la vida entera en eso, por propia vocación, o porque los demás te recuerdan todo el tiempo ese deber ser de la existencia donde lo que queda fuera de la ilusión de estática es referido como anormal, disidente, intrusivo y hasta impertinente. ¿Qué pasa entonces cuando la vida no se simplifica y se asumen esas variables necesarias para no desequilibrar la estática? ¿Qué pasa cuando aún ni sabes que una mariposa ha volado en otro extremo del sistema y su efecto te tocará de algún modo? ¿Qué pasa cuando no sabes que la mariposa eres tú mismo? Volverse loco o simplificar ¿esa es la cuestión? La locura parece ser otro punto de llegada cuando simplificas.
No soy apocalíptico, eh, que también he vivido -¿vivo?- en estáticas milagrosas como casi todo el mundo; he gozado también esa fase de pompa de jabón donde uno está convencido de que no habrá ni dedo ni espina, ni punta ni aire capaz de hacerla estallar. Porque uno necesita vivir la pompa, uno necesita la estática milagrosa para no gastarse prematuramente la cuota de frustración que te asignan para la vida. Es instinto de conservación. El punto no es dejar de vivir la pompa, ni tampoco renunciar a las estáticas milagrosas que llegan el día menos pensado. El punto está en saber la naturaleza de estos estados y presentir –al menos- la posibilidad de que desde tu lugar no se ven todas las variables, desde tu estática no se perciben todos los nudos invisibles que atan el equilibrio, todos los riesgos, todas las amenazas, e incluso, la propia vida de tu burbuja y de tu estática, tampoco quizás la naturaleza de tu milagro.
Mi amiga ignoró la posibilidad de adelantarse a la tendencia del sistema caótico del cual formaba parte viviendo el simulacro de un sistema estable. Pero ya lo racionalizará a su manera de simplificar la vida y se hará feliz. A mí, en cambio, si fui percibido como esa mariposa en la vida de alguien, sí me gustaría saber, qué nuevos sucedidos derivé; si hubo tormenta, qué habrá detrás de la tormenta, cómo se sobrevive ahora sabiendo que alguien te puede percibir así; ¿para qué tanta responsabilidad?

La Habana, en La Burbuja, a 25 de diciembre de 2009.

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