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Rodar por las Californias

Las Californias

Lo que te cuente es poco

Tacos de camarón de la PazCasi por casualidad, tuve una de las experiencias más interesantes de mi vida, visitando recientemente Las Californias, una tierra partida por la historia, culturas distintas coexistiendo en la ambigüedad bien plantada del mundo anglosajón y la cultura hispana. Compartiré mis impresiones de este viaje a partir de las cosas que me impresionaron.

Primero la frontera, la línea, el otro lado. Siempre me he sentido curioso por las fronteras, y esta vez, con un poquito de tiempo de un día, quise sentir la experiencia de cruzar al otro lado por tierra, lo cual significaba nuevas experiencias para mí: pasar por el paso fronterizo más visitado del mundo; ir a Estados Unidos y volver el mismo día; conocer San Diego, y observar, aprender, conocer. El paso por la San Ysidro fue toda una revelación, primero de cómo la región de la frontera es un entrisale constante, de cómo la gente se impone…

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Cerrado por deriva

Cerrado por deriva.

La wifi de los otros

La wifi de los otros.

Aire de cantina

He roto a llorar como cuando se bota la leche hirviendo. He visto que Chavela Vargas murió. Hace dos días, en medio o a punto del delirio de una fiebre veraniega tuve el presagio de su ida. Era una muerte esperada, por su edad, por las complicaciones que fuimos agregando a la parte desesperanzadora del cachumbambé de que volviera para que volviera. Acabo de recordar que ese mismo día, antes, había llegado a casa después de salir a tomarme un helado en el Malecón habanero, -que terminó transfigurado en una Bucanero-, harto de estar enfermo me preparé “el último trago” de un Tequila que me había regalado algún amigo mexicano hacía buen tiempo y que conservaba al parecer para hacer el rito del adiós. Se lo dediqué. Debe ser la gripe que lo pone a uno sentimental, no pero es que además la vida juega interesantes coincidencias en nuestros ecosistemas afectivos: un día como hoy murió en Unión de Reyes, Matanzas, mi abuela matriz, casi a esa misma edad que Chavela.
Nunca me he leído una biografía de la cantante; ni siquiera me voy a Wikipedia a suturar esta falta de conocimientos sobre alguien que sí puedo asegurar que sentí y presentí, que necesité y di a conocer a no poca gente.
Chavela era multiuso: animó tertulias vinícolas con Lorna, Paula, e Isa; en Costa Rica también me sirvió de desincrustante de un amor en fuga, siendo la “cura de caballos” –quizás en otros sitios también- cuando la cura es muy dolorosa que parece peor que la propia llaga. Chavela servía para resolver, en buen cubano lo que debía ser resuelto. Si necesita llorar, llore…; si necesita un argumento armado de valentía, aquí lo tiene. Chavela me acampañó también en alguna que otra borrachera sentimental echando de menos a los amigos, o teniéndolos al lado. También en momentos en que hay que ponerle un toque de sorpresa a los “después de”…y de pronto caía ella aleatoriamente, cantando lo que le daba la gana y llenaba de realidad la habitación oscura. Chavela repartía a domicilio.
A alguna gente le incomoda que fuera lesbiana; que fuera cruda; que hubiera hablado sabe Dios –digo esto como un decir- qué cosas con Frida, o con Diego; que hubiera enamorado mujeres que nunca se enamoraron de ella, y viceversa. A algun@s ticos que “por dicha” no son los que yo conozco – le molestaba y según veo en las redes le molesta, lo renegona que era del terruño de nacimiento y sus preferencias por esa fiesta cultural que es México, el echar pa´lante con las raíces portátiles. Pero es que a la gente siempre le molesta algo, y siempre van a hablar, sobre todo si tienen la oportunidad de arremeter contra alguien que decía las cosas bien de frente, sin control familiar, partidista, eclesiástico, o nacionalista.
Chavela era muy ella, muy suya, pero también dejaba siempre un poquito de su vozarrón, de sus quejas, de la pena que cantaba que ojalá no hubiera sido toda de ella…para el que necesitaba un amigo de los de verdad, de los que te dicen cuando pierdes un amor: “jódete que si no hubieras vivido un gran amor, jamás estarías aquí”; o en la siguiente canción, decirte que “luches el amor porque te toca, carajo”. Es el tipo de amigos y amigas que siempre he necesitado. La vida me ha regalado algunos amigos bien reales, de lugares, edades, colores diversos, pero creo que tengo dos amigos por decreto que nunca tuve la oportunidad de que me dieran el sí frente al altar del bar –que es el mejor lugar para sellar empatías-: una es Chavela y el otro es Sabina.
Chavela se fue a alguna parte, venía de Madrid, “trascendió” como chamana como una vez dijo, se piró la madrina, se escurrió la comadre, la compinche, la cuata, y seguro se fue, gastada de esta vida andada, cantando con aire de cantina: “voy camino a la locura y aunque todo me tortura, sé querer”…

Nacer

 

Para Alla

Dicen los carnés de identidad que uno nace en un municipio; tu familia te dice que viste la luz en un hospital materno; y uno, como no se acuerda, empieza por creerlo hasta que encontrándose con la vida se da cuenta de que uno nace muchas veces, en muchas circunstancias diversas y de modos más ricos y raros que un parto normal o una cesárea. Una vez, sentado en un parque de la calle Paseo, alguien con mucha poesía me representó el nacer como “ese momento de encontrar el aire”, y creo que esa forma de verlo se me acomoda en los términos en que necesito ahora mismo, del modo en que necesito entender cómo los retos de la vida te hacen transitar de un estado a otro, te hacen superarte. Creo que he vuelto a nacer muchas veces en el último día. Acabo de posar mis manos en la muerte: una de mis tías –son 7 por línea materna, y cuál de las 7 es más especial, loca, y simpática. Esa tía era la que, en Güines, me llevaba en la escuela primaria las meriendas a las 10 de la mañana para que me comiera el disco de queso caliente y el juguito frío. Después me recogía para no tener que almorzar en el seminternado. Cosas de viejos que nos niños agradecemos y vemos natural antes de crecer un poquito, cuando empezamos a sentir vergüenza de tanto mimo de primera clase. Esa tía, Alla, no tuvo hijos, y aunque era más sosa que un salero vacío, la verdad es que desde su silencio y su Parkinson de 25 años, dispuso su tiempo para mí, y yo fui su Principito. Tuve que ver, ya creciendo, cómo se iba gastando, hasta que el último año, ya en cama y atendida por otra tía de 86 y mi madre de 77. Tuve que ver cómo se quedó en los huesos, comida por la muerte desde la piel aún con vida. Murió hace dos días, y tuve que hacerme cargo del rito funerario incluidos algunos detalles del mal trabajo de los empleados de esta cadena que me hicieron vivir esta experiencia el doble de difícil. Lo cuento para que quede, lo cuento porque necesito hacerlo.

 I. El cuerpo intacto

En un principio, la morgue del hospital de Güines. Si ya el hospital parece en sí una estática milagrosa, imagínense el reservado para los que parten: olores fatales, condiciones mínimas, privacidad cero. Después de esperar en un pasillo a que “prepararan” a mi tía: la patóloga sale delante de mí con una bolsa de nylon trasparentando los órganos extraídos de Alla y dejándolos en un depósito de desechos sólidos. Es increíble, después de tanto cuidarse uno el corazón, donde puede terminar. Por si fuera poco, mientras esa señora hacía eso con la naturalidad del mundo, se quitaba los guantes para encenderse un cigarro, ¿sin percatarse? de la puerta de la morgue estaba abierta y me dejaba a la vista lo único que realmente le dejamos a la vida cuando nos vamos: un cuerpo desnudo, bocarriba, cocido del ombligo hacia abajo. Allí estaba Alla, mínima, llena de goticas de agua sin calentar, recién lavada, encorbadita por la rigidez de tanto tiempo, con sus pies ladeados y sobre todo con los cráteres negros que dejan esos espacios inhumanos que se llaman escaras. Es una imagen que nunca olvidaré, y fue por descuido que la vi, porque uno nunca debería pasar por eso. Evítelo.

II. Viaje de vuelta

Según las rutinas sanitarias provinciales, se me informa que no puedo llevar a Alla a Unión de Reyes directo, en la provincia de Matanzas, a 77 kilómetros de Güines, porque antes, había que llevarla a una nevera en Bejucal –en sentido contrario, al oeste de la isla y ahora en otra provincia, Artemisa, para dejarla dos horas en refrigeración, para después que viniera un carro fúnebre de Madruga, en la provincia de Mayabeque, y recogiera el cuerpo en Bejucal, y lo llevara a Unión de Reyes. ¿Me siguen?, repito: Güines-Bejucal-Madruga-Unión de Reyes. Con sólidos argumentos –dentro de los cuales estuvo que era un malgasto de combustible en estos momentos difíciles de crisis internacional del precio del crudo y de la necesidad revolucionaria del ahorro- negocié con la patóloga, y sobre todo con su superior al teléfono, para lograr no refrigerar a mi tía –otro gasto de energía- con el compromiso de que la enterraríamos en la mañana. Así fue, y la verdad me sorprendió la celeridad con que llegó el carro de Madruga y llegó antes que yo a Matanzas, donde la esperaba mi familia, en una nave también en estática milagrosa, donde no había custodio ni responsables. Por suerte, el infierno que la película cubana Guantanamera retrata no tuve que vivirlo en carne propia.

 III. Antes de partir

Después de todo eso de la morgue y antes de partir llevaron el cadáver a la funeraria de Güines, donde tuve/quise, como único familiar que estaba que estaba, vestir a mi tía, que había llegado en una mortaja. No quería que ni mi otra tía, Mima, ni mi madre, Mami, tuvieran que asumir esa tarea, ya bastante le hicieron en vida. Por primera vez me enfrenté a la muerte de alguien tuyo, y se sigue sintiendo tuyo aunque la rigidez y la temperatura lleguen a sus máximos y mínimos. Me tocó vestir a mi tía con su vestidito, su blumito nuevo, y peinarla con un peine que me facilitaron en la funeraria porque yo no me peino, y no se nos ocurrió pensar en el detalle. Alla era muy presumida y quería que se viera –si fuera posible- lo más decente posible. En medio de toda esa experiencia, mi tía abre los ojos, como las muñecas aquellas cuando se mueven. Me comentan que fue que hicieron un mal trabajo en la morgue y que habría que cerrárselos: ¿pero cómo, cocerlos?, se imaginarán mi cara. “No, mira, ejfacil, tucoge doj papelitos, y le levanta el párpado pa´que no se mueva y ya. Lo hacemo siempre, esagente trabaja mal a esta hora”. Lo hice y funcionó a medias porque Alla terminó en Unión –horas después- con un vistazo entreabierto en su ojo derecho. Para ser el primer intento….

 IV. El año es 2012 no 12.

Cuando llegó el carro fúnebre desde Madruga su chofer recibe en certificado y dice que no pude recibir ni transportar el cadáver porque la fecha de muerte dice: 18.03.12 en vez de 18.03.2012, y que en Matanzas no lo recibirían así. No a quién se refería porque ciertamente en Matanzas los únicos que recibieron el cadáver fueron los tíos y primos y no creo que nadie devolviera el envío por imprecisiones numéricas. Aquello siguió con mi argumentación de que así también se aceptaba, y él que no. Resumen, cogí una pluma y después de ensayar tres o cuatro veces la caligrafía del certificado, y gracias al funcionario de la funeraria, que tenía una pluma azul del color de la del certificado, le puse los dígitos encima, y mandé el carro con el discurso revolucionario de “compañero, estos son momentos de soluciones”. Eso no falla.

V. Unión

Algún día escribiré de Unión de Reyes, Matanzas, donde nació mi familia materna y donde me escapaba como si fuera Ibiza todos los veranos para buscar el calor y el mimo de tooooooda mi familia. La casa de mis abuelos, el lugar de residencia de ese clan de los Oliva, que parecen los Buendía pero con más historias. Volver a mi infancia después de 12 años sin ir, volver a las calles de un pueblito matancero lleno de mi infancia y mi adolescencia y volver a sentir todo con imágenes más frescas que otras, con otras conservadas en el tiempo en forma de mito y de carencia. Lo que es volver y punto.

VI. Los euros y los cojones para las ocasiones

Después de tantos movimientos que omito, logramos llegar a Unión y que el funeral transcurriera como cualquier otro hasta que, en la mañana, teníamos que esperar a la compañera de la funeraria, que era de otro municipio para que aprobara la exhumación de otro de mis tíos políticos preferidos, que había muerto hacia cinco años, para poder enterrar a mi tía en el panteón familiar –que hizo mi familia para mis abuelos y que tiene el osario más grande de todo el cementerio, considerando la perspectiva de 10 hermanos, 26 primos y sus descendientes. Nadie había pensado entonces quién sacaría a mi tío Jesús, y sus hijas dijeron que no tendrían valor, sus nietos tampoco, y ya, habituado a la andadura con la muerte, dije qué más da otro de sus estados, y di el paso al frente, confiando en que no haría un espectáculo yo, que soy de vómito fácil. Contrario a mis temores, limpie con la ayuda de otra prima y de un guante que compartimos, hueso por hueso del esqueleto de mi tío –un oficial de la seguridad del Estado que le decían en Unión de Reyes el hombre de Maisinicú por sus proezas en los primeros años de la Revolución atajando sabotajes. Era un tipo duro, y tanto que lo era, que conservaba sus dientes sin caries ni obturaciones e intactos. Me dio envidia, la verdad.

VII. Mientras…

Mi madre y yo padecemos de una rara complicidad práctica como pocas he visto en esas relaciones. Mi madre detesta Unión de Reyes con la misma fuerza que yo detesto Güines. No sé si lo mío será herencia, pero de cualquier modo, y sabiendo lo cansada que estaba del proceso de mi tía, le dije en Güines que por qué no se quedaba cuidando la casa, y así, descansaba y no estaba la mala noche del velorio –que ella detesta para sí misma como espectáculo. Accedió sin yo saber que ya cocinaba un plan que descubrí la mañana siguiente cuando me contó que no había dormido y que, a esa hora, 11 de la noche, se dedicó a hacer limpieza general de la casa donde murió mi tía, y a lavar, hervir, y recogerlo todo. Fue su manera de velar, fue su manera de enterrar en la práctica. No durmió en todo el día ni en la noche. Y lo hizo a su forma. En fin: aceite de Oliva, extravirgen!

VIII. Siguiente…..

Después de todo el entierro, y estar un rato con las tías, mis primos de Matanzas y la de La Habana, seguimos a la Atenas de Cuba a ver a mi otra tía, Curra, solterona y jodedora como ella sola, que también en cama, llevaba 12 años sin verla. Quise despedirme en vida porque sé que esa tía que me llevaba a su laboratorio clínico y le daba de comer a mi curiosidad de “sabiondo” infantil, y me recibía todos los veranos, tampoco da para mucho más. Mi tía –por probabilidades- sería la siguiente… y fue también un reencuentro duro con la próxima víctima.

 IX. ¿Volver a empezar?

Ya de cierre del día, como si hubiese sido poco, cuando llego a La Habana, me da por llamar a mi madre, y me sale mi padre –de nuevo conservado en alcohol, cabreado porque mi madre se había ido al hospital porque una de sus mejores amigas. Migdalia, se había caído ayer y se había fracturado la cadera y un brazo. Yo, que durante todo el día no había echado una lágrima en función de las cosas prácticas a resolver, me derrumbé de pensar nada más en mi madre que, sin dormir, y sin haber procesado aún el hecho de la muerte de su hermana, tendría que enfrentarse a otro proceso de desgaste humano. Y lo digo así porque no se trata solamente de que la amiga de mi madre sea solterona y sin hijos, e hija única, sino, porque para mi madre, sus amigas son como sus hermanas. Eso mi padre no lo entiende mucho, más centrado en sí mismo como anda, y sin los amigos entrañables que mi madre y yo tenemos. Yo sí entendí que mi madre no vacilara, que mi madre estuviera a esas horas en el hospital. Pero lo terminé por entender después de llorar la impotencia, de cagarme en Dios por sus algoritmos de la fortuna, en caso como dicen, de que sea Él quien tenga que ver con eso, y después de hacerlo entendí que si algo me inspiraba a mí en la vida en la relación con mis amigos, era el modelo de incondicionalidad de mi madre. Me imaginé si a alguno de los míos le pasaba algo qué podría exigirme mi madre –aún desde el amor- que yo hiciera o no. La respuesta fue obvia, y respeté su fortaleza, su bondad, y me cocí también con sus tres tazas de paloqueseaFidel con sus dos kilos de aquínoserindenadie. Me inspiró de una manera que me noqueó por 12 horas exactas durmiendo, pero también procesando y acomodando todas esas piezas de rompecabezas y rompecorazones, pero también de salvavidas y armaduras. Si nacer es un encuentro con el aire, ayer nací de tantos modos, con tantas emociones que el acelerador de partículas de mí mismo que viví no puede menos que hacerme un hombre más digno y orgulloso de mi familia y mis amigos, de mi madre en especial. Me obliga a pensar en la vida en general–aunque no la entienda a veces-, y sobre todo, en la vida en específico, o sea en esos momentos que muchas veces uno camina o corre como de paso, sin mirar para construir, sin pensarla como una oportunidad de renacimiento que devuelve todo el valor del primer día del respiro, aquel que no recordamos pero que o lo haces por ti, o viene alguien y te da una nalgada y respiras de todas formas. Y naces.

En la Habana, a 20 de marzo, un día antes del primavera de 2011

Visas: algunas obstrucciones

A quien pueda interesar.

Ya lo sé. Probablemente mucha gente no conozca el significado de esta palabra: unos porque no salen del terruño; otros, porque no la necesitan. Ahora, para mí pensar en las visas siempre me da una doble tensión en “el simpático”: en principio, siempre anuncia la posibilidad de un encuentro con otro lugar –y un escape también al tedio de la cotidianidad, cualquiera que sea-; pero también se me anuncia como una carrera con obstáculos –a veces superables, a veces infranqueables. Y es que en temas de visas, la estupidez burocrática no sólo alcanza sus niveles tolerables, sino que, políticamente, lo sumen a uno en una suerte de encono estructural, donde se te sale todo lo de revolucionario, antimperialista y emancipador que puedes tener en la vida.

Que conste que este post lo coloco desde lo anecdótico, y tiene un punto de partida muy subjetivo: soy cubano y residente por elección en un país de este mundo con demasiada agua en sus contornos. Pero no solo es el agua la maldita circunstancia de la sensación de claustro.

[Primera obstrucción] ¿Sheremetyevo al azar?

Ahora me voy al Sheremetyevo, que es el aeropuerto de Moscú a donde llegará mi avión de Aeroflot. Si bien pudiera ser una oportunidad superinteresante visitar ese país tan constituyente de mi infancia precapitalista, lo cierto es que iré a carenar a Rusia luego de que, por diversas razones, las autoridades de Alemania, representadas por la Honorable Embajada de ese país en mi Habana querida, hayan decidido limitar mi visa a 4 días dentro del espacio Schegen, cuando voy a una importantísima conferencia [radius of art] por dos días. Cuenta alemana: un día para ir, otro para regresar, y dos de la conferencia y listo. Usted como cubano no tiene derecho a disfrutar de Berlín –aun pudiendo pagármelo y con un clima de menos 13 grados. Dos días más son imposibles porque en la carta de invitación no se consigna que los organizadores de la conferencia se lo pagan.

Según las autoridades, que me devolvieron los trámites luego de percatarse de mi tránsito era por Madrid y pretendía aprovechar 5 días, mi estancia en el viejo continente tendría que limitarse a los días que decía la carta. Y porque la carta de invitación no dice que tengo más de 20 amigos con casa que me esperarían gustos@s con carteles VIP en Barajas de sólo anunciar un reencuentro!

Esta primera obstrucción tiene que ver con un criterio económico que parte de un prejuicio de indefensión, a la vez, producido por el sistema  dominante que también me excluye de poder tener acceso al sistema bancario internacional, y poder demostrar ingresos, y disponer de pruebas fehacientes de que podría pagarme un café. No entran aquí, por supuesto, aquellos indicadores de la economía de los amigos, donde según se aprende en Cuba –que es donde lo aprendí, no está dicho nacionalistamente- el que te da lo que tiene, a compartir se queda!

[Segunda obstrucción] El absurdo burocrático de Schengen

Créanme que en esto de las visas muchas veces se me ha roto el coco –que no solamente el hígado- por tratar de encontrar razones lógicas para entender las decisiones –muchas veces personales y no necesariamente de políticas- de los funcionarios de embajadas.

En algún momento del 2007, luego de vivir tres meses en España –con una visa Schengen, por cierto- solicité otra visa para ir a Noruega. En ese momento, me había ganado una beca de viaje a un importante evento sobre cooperación para el desarrollo en relación con la pobreza infantil, y coincidió en que una “colega” –española por traspaso materno- y mi primo amor assoluto también fue invitada. Resumen de la historia, como diría mi hermano Jorge: ella se fue y yo no y la luna de miel, terminó de hiel. Argumento: yo podría ser un posible inmigrante a Noruega, pidiendo una visa de 3 días, luego de vivir tres meses en España. Si bien me parecen importantes las autoestimas de los pueblos, a veces estas se confunden con una ignorancia prospectiva, que termina expresando la xenofobia injustificada, como en este caso, que se trataba de un evento patrocinado por su propia Agencia de cooperación para el desarrollo.

[Tercera obstrucción] ¿Pura vida también para tod@s?

De los países del continente americano que he visitado (Argentina, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Nicaragua, El Salvador, República Dominicana, Aruba, México y Canadá), creo que la visa más tortuosa de conseguir en mi experiencia es la de Costa Rica. El desgaste que uno sufre para conseguir una visa tica te deja sin ganas de volver. (Aclaro que esto se le pasa a uno rápido cuando piensa en toda la gente querida que lo trata a uno como si fuera un rey nada más poner los pies allá).

He hecho el proceso como 5 veces, incluso con pasaporte oficial que “facilita” su concesión, y ha sido una verdadera odisea, considerando lo restringida, limitada y arrogante que pueden ser las autoridades de ese país centroamericano. He tenido visa siempre. Ahora, con eso de tener la visa no se tiene todo, se necesita además una carta que tienes que presentar a uno de los cuerpos de Inmigración más desagradables del continente. Los funcionarios te hacen esperar de 20 a 30 minutos, para buscar la copia de esa carta que envía la Dirección de inmigración para sustentar la visa, como si ya no tuvieras una visa estampada. Mis idas a Costa Rica, entre congresos, talleres, y asesorías, también han sido para apoyar gratis al Ministerio de Cultura y Juventud de ese país en la formulación estratégica en políticas culturales. A pesar de ello, mi último paso por ese país –de tránsito y procedente de San Salvador- tuvo que ser dentro de los límites de la sala “para cubanos” del aeropuerto Juan Santamaría: dos bancos de cualquier sala de embarque, custodiado toda la noche por un oficial de la policía. TACA no se responsabiliza con el hecho de que todos los pasajeros menos los cubanos, puedan disfrutar de la compensación de hotel por el retraso o cancelación de sus vuelos. Te dan, después de mucho exigir, 200 dólares de compensa(n)ción para volver a “disfrutar” con la aerolínea. “Gracias por preferirnos. Pura vida”.

[Cuarta obstrucción] American express(ion).

No podía faltar en este recuento de las visas, la de Estados Unidos, que me fue denegada en 2006, cuando gané en un concurso internacional una beca para ir de profesor invitado a Smithonian Institution. El argumento, en aquellos tiempos de la ceguera de Bush: no le catalogamos como terrorista –lo cual me han explicado que tengo que agradecer-, sino que como no podía cobrar el monto de la beca necesario para vivir esos tres meses en Washington, no me tendrían la delicadeza de permitirme al acceso al territorio nacional. Resumen: 100 dólares perdidos y todo el papeleo de la burocracia cubana en estos temas que entonces y siempre han aprobado mis viajes de intercambio académico y cultural sin problemas. Ello no significa que sean, por cierto, ligeros y estén libres de pecado.

[Quinta obstrucción] ¿Salidas sin permiso?

El permiso de salida no es una visa, pero parece como si lo fuera. Sinceramente no he investigado sus orígenes, pero se trata de la habilitación que la Dirección de Inmigración y Extranjería cubana les otorga a sus ciudadanos –sean residentes o no- para poder salir del espacio nacional. Algunos dicen que su concepto es incluso, desde los tiempos pre-revolucionarios. Otros: que se debió a una medida coyuntural de los primeros años de la década del 60 para controlar el éxodo de profesionales de la salud. Lo cierto es que este es hoy uno de los temas más espinosos y esperados de resolver de la actual administración pública en su proyección estratégica. La supuesta Ley de Inmigración, anunciada por los voceros del rumor en no pocas ocasiones, supuestamente quitaría este paso burocrático y lucrativo (cuesta sobre los 170 dólares estadounidenses para los trámites personales) y daría el derecho ciudadano a los cubanos y cubanas de viajar, eso sí, si contáramos con los medios para hacerlo, incluidas, por supuesto, las visas que quedarían aún más restringidas posiblemente. Aunque nunca he experimentado la denegación de esta habilitación del pasaporte, lo cierto es que su consecución muchas veces genera no poco estrés, y sobre todo, una triste conciencia de límite, que recuerda mucho los tiempos de niño y adolescente cuando los padres tenían que darte permiso para salir y se abrogaban el derecho de decidir por ti. Creo que un acto consecuente sería su erradicación sin condiciones, como política de reforzamiento de los derechos ciudadanos para quienes vivimos y quienes no residen ya en la isla, pero que sigue siendo tan suya en la medida en que lo elijan y por el simple derecho de nacimiento.

Cooperación

Considero que un desafío que tiene Cuba es seguir fortaleciendo los mecanismos bilaterales de relaciones diplomáticas que lleven a erradicar las limitaciones que enfrentan sus ciudadanos en términos de visados en un clima de responsabilidad y respeto mutuo. Lo cual se inscribe en un contexto donde se deben mejorar las condiciones de vida y las oportunidades que se reconocen, incluso por el propio gobierno, como los detonantes de los éxodos. No digo, por supuesto que toda la responsabilidad de conseguir que las visas no sean las obstrucciones para el diálogo intercultural sea de Cuba, pero sí considero que como bien ha hecho con países como Rusia o Ecuador, de donde acabo de salir del Sheremetyevo sintiéndome un ciudadano del mundo, sea aplicada también a otros países y regiones.

De lo que estoy hablando es de reforzar la dignidad de los cubanos y cubanas, y de la responsabilidad que tiene también el Estado en su exigencia a otros países, y de su garantía ante sus ciudadanos. Aunque viajar posiblemente no sea la prioridad asequible de los cubanos –por toda la trama que implica-, sí es cierto que la sensación de apoyo estatal y la facilitación que daría cualquier paso de su gobierno por lograrlo se vería como el reconocimiento a un legítimo derecho de disfrutar de las elecciones libres en un contexto de igualdad de oportunidades, la base del desarrollo humano y sobre todo, de la libertad más allá de los adjetivos al uso.

Berlin, a 9 de febrero de 2012.

 

Volver

Ahora que la sobrevuelo, me inspira. Ahora que estoy a punto de poner los pies de nuevo en Centroamérica, se me da algo así como un ruidito místico, como las tripas cuando se tiene hambre o se come mucho. Un ruidito místico que, al menos a mí, se me da en muy pocas estaciones, y no siempre de formas continuas.

Y es que volver, en mi experiencia centroamericana ha sido siempre diferente, aunque vaya al mismo sitio. También reconozco que volver a Nicaragua no ha tenido que ver con las vueltas a Costa Rica, o a El Salvador. Ha habido veces, incluso, que las aventuras se siembran en un lugar, se cosechan en otros y terminan por cosecharse o perderse en otra esquinita de estos países. No ha sido, por supuesto, lo mismo, volver a Cuba después: nunca.

Los cambios más importantes de mis últimos años lo he hecho en el tránsito de venir, de ir, o de estar, pero siempre Centroamérica es el referente de esa transformación.  Y es que volver aquí siempre me ha revuelto: no en la acepción que se asocia de inmediato con la náusea, sino en el sentido de las vueltas al antojo sin la tensión de la fuerza de gravedad.

Es un volver que es como cambio, como llegar para reencontrar un amor, e irte poco después de haberlo perderlo en el mismo lugar donde estaban los futuros. He vivido nuevas formas de la amistad, de la adrenalina, del trabajo, de la tenacidad y del riesgo.

Es ya ese espacio donde, de tan mío ya, siento que siempre estoy aunque me vaya, de que soy cómplice de su hoy y de su mañana. Es una sensación de familiaridad que es como la habitación de un lugar a salvo en la esquina más oscura del peligro, aunque sea, según dicen, y se lee, y se ve, y se siente en los olores, ese lugar más peligroso.

En Centroamérica aprendí a clasificar mis trastornos bipolares como tropidramas dándole la parte del choteo que es tan común cuando se vive al límite, como en las islas, pero por otras causas. Aquí me he sentido el hombre más feliz y el más jodido. He sido el más afortunado y el más impotente. Los contrastes aquí no función solo en la renta o en la naturaleza: se da en uno mismo a cualquier hora en dependencia de las circunstancias. Puede llover como en Macondo, pero un poquito más dentro de uno. Siempre se me da la vuelta como un morir, pero también como un matar un poco: porque los dos siempre han llevado en mi relación con Centroamérica al vivir como camino. Volver a ser pero distinto. Es ese estado de la vida después de los huracanes, o de los temblores: una vida que se gana a la catástrofe, de puro milagro y siempre en atención.

Es un cuento eso de que al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver. Siempre se puede volver a ser feliz de un modo nuevo, en el mismo lugar donde se fue o no. Depende de tantas cosas que cualquier radicalidad, reduce. Ahora que vuelvo a este lugar donde he vivido muchos modos de mí mismo, tengo la sensación de que tengo mucha vida aquí: de esa pura vida que es también la mala vida que puede implicar la buena vida. De cualquier forma, ojalá no la pierda en este otro intento de vivirla: la que venga. Confieso que me da miedo volver, pero es un miedo como aquel primer miedo. Ese que empezamos por olvidar, por ser el más esperado, y el primero de todos: el miedo de nacer. Pero para mí es ahora, este miedo de nacer, que como aquel –supongo- pero con experiencia e ignorancia. Es ese mismo miedo que se siente cuando se nace de algún modo, siempre aquí.

En Tocumen, recargando esta esperanza, a 30 de octubre de 2011.