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La premisa de la ilusión

septiembre 26, 2010

Para Lucía, recién llegada, con la ilusión muy suya.

 

Dicen que cuando se pierde, se pierde. Eso dicen al menos los no tan convencidos de su existencia, los que piensan que es tan frágil como volátil, tan inútil como invisible. Dicen también que nunca vuelve después de una devastación, que las frustraciones la ahogan y que uno no consigue izar la ilusión de nuevo hasta que los tiempos y hasta uno mismo cambia. A mí con la ilusión me pasa lo mismo que con la energía, me parece que ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Y la cambian los tiempos, y la cambia uno con su cambio, como ya he dicho, y se cambia ella misma cuando busca acomodarse y hacerse necesaria. Porque eso sí, muchas veces la ilusión tiene vida propia. Lo que me gusta de la ilusión es que, aunque remite a una representación, concepto o imagen (dice la RAE) “sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”, su premisa es el bienestar, es el deseo colocado en la posesión presentida de cualquier cosa. Por lo general, de cosas que a uno le interesan mucho. Y eso ya la hace necesaria, eso la convierte en una predisposición estratégica, en un camino para andar con mayor lucidez aunque no necesariamente con igual cordura. Los amores más lindos que he tenido en la vida han partido de la premisa de la ilusión, y fueron ilusos y enteros mientras duraron, y dieron lo que dieron mientras fueron y todos fueron fetos, aunque algunos nacieron adultos ya; otros tuvieron su infancia a gatas, algunos fueron jóvenes, adultos, y otros murieron de viejos, pero todos tuvieron la dosis de ilusión que justificaba la comunidad. La dosis que combina necesidad y complicidad fue ganando, en cada uno, un estado de estar juntos que los hizo posibles. Creo que no sé amar sin ilusión, sin ese anticipo deseable vivido desde metas afectivas compartidas que son el motor de metas vitales también compartidas, no sólo en horizontes, sino también en compromisos. “He vuelto a tener ilusión contigo”, he oído decir hace poco, y no sé si eso mismo sea una ilusión dentro de la necesidad de las ilusiones, o forme parte de una forma del amor rearmado después de sucesos críticos y distancias sin carne. Y me siento como el niño que, mirando desde una esquina con el ojillo para no ser descubierto, acaba de ser tocado por la espalda por algo inesperado. ¿Será que hace falta nombrar la ilusión para sentirla? ¿Reparará los daños para reforestar con sueños la propia frustración? ¿Quitará el cansancio y lo pondrá de nuevo a uno sobre una órbita de la que se ha ido poco a poco alejando? ¿Será la premisa del amor que, pensaba ido, ha vuelto con ojos con norte y pies bien plantados? ¿Será que me he ilusionado de pronto y sobre todo, de nuevo?

En La Habana, 26 de septiembre de 2010.

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3 comentarios
  1. El hombre que está ahora mismo en tus deseos
    ilusorios, en tu pasión ciega, es este que te escribe…

  2. Ay Lazarillo, no sabía que tenías blog ni mucho menos que escribías tan lindo y tan profundo.
    Precioso postrecito me has regalado con estas palabras que hago mías porque me identifico plenamente con el sentimiento, la emoción, el aroma….

  3. todo lo bueno que te pase y te ilusione, también me hace feliz a mi… gózalo hermano…

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