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Lennon

septiembre 6, 2010

Para Silvi, que a veces la pica la nostalgia, a la entrada de la verja.

Confieso que a mí los perros: calientes y con kétchup. Más bien siempre les tuve pánico y ahora, con unos kilos de más autoestima, creo que les tengo respeto. La infancia, en una casita que ni cabíamos nosotros, pasó sin más mascotas que aquellas de mis mundos imaginarios, esos espacios de la fuga que sólo el juego da hasta cierta edad. Tuve perros-pánicos, pero fueron perros ajenos. No se me puede olvidar Papillón, ese perro de pelea que más que eso fue un animal con mal genio y que, como mismo la gente evoca un primer amor, este fue mi primer odio. Papillón –que es mariposa en francés- revoloteaba por el barrio libando de la carne que estuviera a su paso el grito de desespero de quien veía venir a aquel animal a la velocidad de un trueno. De aquel perro tuve mi primer rovolcón sin dentalladas siendo aún bien pequeño y no se me ha olvidado jamás. Después fue Tito, un perro sato y rubio, sin penas ni glorias, que se dejaba azuzar por mi padrino que, sabiendo mi pánico, y canalizando en el control sobre el miedo ajeno su propia frustración, me estuvo jodiendo la vida de niño por un buen tiempo. Como terapia tuve perros que duraron días en mi casa, y en casa de mi abuela, pero siempre terminé regalándolos. De ellos no recuerdo transferencia afectiva mutua alguna.

En materia de perros sí tuve un primer amor que fue Lennon, el perro de mi primer gran amor que se llama Silvia. Lennon siempre fue un perro amistoso, dado al mimo, y al respeto, con lo cual me dio siempre la confianza de ser bien recibido en su espacio. Si sonreía Linda, la perra de la que habla Manuel Vicent -y la motivación a escribir estas líneas-, Lennon, perro de su propia raza, te daba una palmadita de entrada y te dejaba invadir su mundo sólo con afecto a cambio. Así, fui necesitando al animalito, como le dijimos siempre, porque era como esos amores que aunque uno no esté muy convencido al principio se te van colando con paciencia y medida, con constancia y se te quedan para siempre como parte de tu patrimonio. Para la historia, quedó inmortalizado con el seudónimo de Adolf en las novelas de Juan Padrón. Para la familia, siempre estuvo en las postales de cualquier cumpleaños o fecha importante.

Si hubiera asistido a competencias de gimnasia , Lennon hubiera sido campeón sin entrenamiento. Me cuentan que, de pequeño, saltaba cercas de dos metros escalándolas para luego saltar y escaparse. De viejo, cuando se le encerraba por temor a que por celos atacara a mi sobrino, hacía barras sobre una ventana para llegar al alféizar y entrar a la casa con cara de no me pongan en lo oscuro…  Le gustaba caminar por el barrio cuando encontraba un chance para tomarse el permiso de salida que indicaba la puerta abierta por descuido. Era un tipo de la noche, aunque hacía del día un momento nocturno. Hubiera sido uno de esos perros con cara de malo, llenos de cicatrices de no habérsele dado la cuna de oro de perro feliz y amado, foto que conservó en su pasaporte hasta el último día.

Con Lennon me pasa como con mi abuela paterna, que no me pude despedir de ellos antes que se fueran y siempre cuando alguna situación los trae, los pienso como si vivieran aún. Quizás sea mejor vivir su muerte de esa forma, aunque siempre constatar la ausencia real me entristece en realidad. Pero como era Lennon, seguramente me daría una patadita de pésame en la espalda, y pensaría que si me hubiera pasado a mí su suerte, el también sentiría lo mismo de pesar y buen recuerdo y que lo mejor, al cabo, es que los recuerdos de ausencia terminen siempre con imágenes de una experiencia feliz. No sé si con mi relación con el animalito, me he reconciliado del todo con su especie, pero por lo menos sé que pude querer a este perro, que no fue poco, cuando se habla, como yo, desde la experiencia del trauma y el terror de toda tu vida infantil odiando a sus congéneres.

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